La “Torre de los Chorizos” o el peligro de las masas en la India (Nueva Delhi)

A pocos metros de mi casa en el barrio delhí de Hauz Khas Enclave, en la zona sur de la capital india, se erige el “Chor Minar” o “Torre de los ladrones”, un minarete del siglo XIII con 225 huecos en los que antaño se colocaban las cabezas decapitadas de los “chorizos” (de ahí deriva la expresión en castellano) para así disuadir a otros interesados en el arte del robo.

Chor Minar / Moncho Torres

Festividad Sij / Moncho Torres

El bíblico “Ojo por ojo” en toda su esencia, una mentalidad que perdura todavía en la India actual, como así confirma, sin ir más lejos, un suceso ocurrido esta semana en la ciudad de Nagpur, en el estado central de Maharashtra (India Today), donde una muchedumbre enloquecida mató a golpes y pedradas a tres hombres que, “sospechaban”, habían cometido numerosos robos en la zona la noche anterior.
Y es que en la India, con 1.210 millones de habitantes, hay que tener cuidado con las masas, y más aún con aquellas fuera de control. “Si mientras conduces atropellas a alguien, por favor, no te pares”. Un consejo extraño que se le suele dar al foráneo que se atreve a coger el volante en las caóticas carreteras indias, donde según las Naciones Unidas es el país del Mundo donde se producen más muertes al año por accidente de tráfico: 125.000. Y el motivo, sencillo: la turba culpará de inmediato del accidente al conductor y aplacará su rabia moliéndolo a palos o, como a finales del pasado abril en el norteño estado de Bihar -el más pobre del país-, quemándolo vivo (Times of India) tras atropellar al joven Atul, de 11 años, y herir a otros dos menores.
 Pero si la India es el país con más muertes en la carretera, ¿qué efecto surte el “ojo por ojo” entre la población motorizada? Al detenerse a observar el modo en que conducen los nativos uno afirmaría, rotundo, que ninguno.
Jaipur en movimiento (agosto 2011) / Moncho Torres
Hace un año que llegué a la India y, aunque creo haberme acostumbrado al alocado modo de manejar indio, todavía no he dejado de sorprenderme.
“¡Cazurro!”, mi canto de todos los días cada vez que monto en un rickshaw (los taxis de tres ruedas con forma de huevo). En un trayecto de 30 minutos por el centro de Nueva Delhi ese “por los pelos” puede pronunciarse unas dos o tres veces, en ocasiones más, excepcionalmente menos. Lógico, por otra parte, cuando reparamos que la ley fundamental que guía a todos los conductores es: “Yo no voy a parar, que se pare el otro. Si sucede algo no es por mi culpa, pues yo uso el claxon y aviso de mi proximidad”. A lo que no ayudan las vacas y elefantes que interrumpen el tráfico, el exceso de pasajeros en coches y motos (resulta normal ver a una familia de cuatro miembros sobre dos ruedas), los “autobuses asesinos” (así los llamó una joven universitaria que entrevisté), los socavones y el estado deteriorado de los vehículos, marcados en su mayoría por las cicatrices producidas durante sus habituales batallas en el ruedo de asfalto (todo un reto encontrar un coche sin una abolladura o rasguño).
Tráfico en Old Delhi / Moncho Torres
Por todo eso, creo yo, es lógico que mi primera crónica en Efe tratase sobre este asunto: El tráfico en la India.
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