La playa (Sierra Leona. Agosto, 2009)

Después de un mes sin renovar el blog, y para romper el hielo, me gustaría realizar una merecida rectificación. El 20 de agosto escribí un comentario desafortunado sobre las playas de Sierra Leona. Me equivoqué, ¡vaya si lo hice! Decía:

Al día siguiente, nos llevaron a conocer la playa. El tío Sam (que nos había recogido el primer día con Edmond en el aeropuerto) acudió en su 4×4 para llevarnos. Los tres niños mayores nos acompañaron. Yo tenía en mente las hermosas playas que se veían en la película Diamantes de Sangre, con Leonardo Di Caprio. Pero la realidad era un poco diferente. Chiringuitos destartalados, grises, salpicaban la línea de playa. Restos de basura se amontonaban en la orilla y, el mal tiempo, terminó por finiquitar de un golpe todas nuestras expectativas. Quién sabe, quizá en el futuro termine siendo uno de los grandes rincones turísticos del Oeste de África, pero no ahora”.

La playa de la decepción / Moncho Satoló
La playa de la decepción / Moncho Satoló

Sin embargo, me faltaba mucho por ver:

A nuestra vuelta de la zona diamantífera de Kono, cuando faltaba menos de una semana para nuestro regreso a España, Edmond (nuestro guía y anfitrión) nos preparó una última excursión. Se trataba de un viaje a las playas que, según él, frecuentaban la gente de clase alta de Sierra Leona. Lejos, a 50 kilómetros de Freetown, a una distancia suficiente para que la clase obrera se pensase dos veces el acercarse hasta allí. Todo sucedió rápido.

Tomamos primero una furgo-taxi, que nos deja a mitad de camino, en un gran mercado, donde buscamos agua y unos bocadillos. Edmond pide que nos mantengamos alejados de él para que, el comerciante de turno, no infle los precios. Luego apalabramos el recorrido con un taxista y, cuando llena el taxi, partimos. En la parte de atrás: Nuria, Edmond, una joven y yo. En el asiento del copiloto: un militar y un hombre más, corpulento. Partimos. El tiempo nos acompaña, día soleado. Edmond y sus rezos, un artista.

Los controles de carretera se van sucediendo uno tras otro. En el primero de ellos se baja la chica y, en el siguiente, el resto. Nosotros continuamos. Un último control nos detiene. Dos puestos de madera situados a ambos lados de la carretera. Unidos por una cuerda. En su interior, dos militares. Uno de ellos sale del puesto, nos echa una mirada rápida y regresa a su caseta. Toca una campana y, al mismo tiempo, los dos militares sueltan la cuerda, que se afloja, tocando el suelo. Entramos en una zona muerta con amplia vegetación: sin vida humana, ni casas,  muda. Edmond llama por el móvil y, de inmediato, aparece entre los árboles un amigo acompañado de su hijo. Descendemos por un terraplén, se escucha el mar.

Sin embargo, la nueva playa no se parecía en nada / Moncho Satoló
Sin embargo, la nueva playa no se parecía en nada a la anterior / Moncho Satoló

Nos encontramos, primero, con un hotel en construcción, del que el amigo de Edomond es el capataz. Nos abre una habitación para que dejemos lo que no queramos llevar a la playa. Entre los árboles, se distingue la playa, el mar, pero no lo suficiente. Caminamos y, a pocos metros, lo vemos: una playa desierta, de arena blanca, con las palmeras colgando sobre ella. Alucinante. Nuria y yo no nos lo podemos creer. Ambos coincidimos en que se trata de la playa más bonita que hemos visto en la vida. Avanzamos.

Un sueño / Moncho Satoló
Un sueño / Moncho Satoló

Una aldea de pescadores, de una decena de chozas, son las únicas señales de civilización en toda la línea de costa, si exceptuamos una casa diminuta que, según nos cuentan, ocupan una familia de italianos en la época seca. Los pescadores saludan, amables, y continúan con lo suyo. Un joven fibroso se acerca a nosotros. Cruza unas pocas palabras y luego se calla. Quiere decirnos algo pero no se anima a hacerlo. Desenfunda. “¿Os apetece ir en canoa hasta la isla?”, nos dice. Una isla muy próxima a la costa que, según él, está llena de monos y otros animales tropicales. “¿Cuánto?”, pregunto. Y me responde que lo que yo diga. Edomond me recomienda no ir, porque puede resultar peligroso. Luego nos ofrece cocos. Edomond le dice que bien, pero que más tarde. Un río desemboca en el mar, cortándonos  el camino. Decidimos acampar allí mismo. ¡Al agua!

A por cocos machete en boca / Moncho Satoló
A por cocos machete en boca / Moncho Satoló

Escalada / Moncho Satoló

Fuera hace calor y dentro se está a una temperatura ideal, sin alcanzar el caldo del Mediterráneo ni el frío cortante del Atlántico gallego. Nuria y yo permanecemos más de una hora en el agua. Al salir, Edomond avisa al joven. Éste, preparado desde que llegamos, agarra entre los dientes un largo machete y, como un mono, asciende por la palmera. Resulta increíble. No me atrevo a dar números, pero yo diría que la altura era comparable a un tercero. Cuando alcanza la cima, sentándose sobre las hojas, y a machetazos, nos bombarda con proyectiles de cocos. Un corro de niños provenientes de la aldea se arremolina junto a nosotros. El joven desciende y, con el machete, va abriendo los cocos y entregándonoslos. Primero con un pequeño corte, para beber el líquido, después partiéndolo para comer el interior. Al estar verdes, la parte comestible se halla blanda, cremosa. Los niños también devoran. Cogemos cinco más para llevar a casa. Total: 5.000 leones (1 euro).

Desde las alturas / Moncho Satoló
Desde las alturas / Moncho Satoló
Cortes precisos, para permitir beber sin trocear el coco / Moncho Satoló
Cortes precisos, para permitir beber sin trocear el coco / Moncho Satoló

Nuria y yo nos volvemos a meter en el agua. A Edmond le administran una botella de vino de palma y, en su compañía, permanece a la sombra hasta que nos vamos. Nos marchamos tarde, casi anocheciendo. Un pescador, anciano, llega con su canoa repleta de peces, mientras que la luz anaranjada del poniente se desliza tras la selva.

Infancia virgen / Moncho Satoló

Un crecer en la naturaleza / Moncho Satoló
Un crecer en la naturaleza / Moncho Satoló
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