Llegada a Sierra Leona (3 y 4 de agosto)

Llegamos a Sierra Leona. Lo digo en plural porque se ha venido mi novia Nuria conmigo. Todo muy bien, excepto por la lluvia, que puede estar cayendo con fuerza durante días. La humedad lo impregna todo y el calor es asfixiante, pero te acostumbras. A todo te acostumbras. Es como estar 24 horas al día en una sauna. Nuria está encantada, en menos de una semana ha bajado una talla de pantalón.  También  te acostumbras a carecer de electricidad y todo lo que esto conlleva: oscuridad, bebida caliente al no tener frigorífico, posibilidad de recargar sólo durante un par de horas al día las baterías del ordenador, cámara y móviles con un pequeño generador. Pero también disponemos de una habitación que parece una suite y la enorme hospitalidad hace que nos sintamos como reyes. Así es nuestra vida aquí, pero vayamos por partes.

Este viaje comenzó con un e-mail enviado por Reto, director de la delegación en Madrid de la ONG AfroAid. Yo había colaborado durante un tiempo con ellos dando clases de español a extranjeros, por lo que todavía me enviaban información referente a la ONG. Uno de estos correos electrónicos hablaba de un proyecto que estaban llevando a cabo en Sierra Leona y nos preguntaban si nos gustaría viajar durante un tiempo al país y trabajar con ellos. La labor consistiría en dar clase de inglés en las aulas que tenían o ayudar en la guardería con los más pequeños. Acepté encantado, aunque pedí a Reto si, por favor, podría dedicarme durante mi estancia al periodismo. No puso ningún problema. Más que eso, después de una semana en el país, se desviven por ayudarme a conseguir historias que contar. También le pedí si podría llevar a mi novia conmigo para ayudar en la guardería aunque no supiera hablar inglés. Aceptó. Además, como cocinera, Nuria podría ayudar  en la preparación de la comida de los niños.

Tras ciertos problemas con el visado, solucionado por mi amigo Javi y su novia Alexandra desde Londres, partimos hacia Sierra Leona el lunes 3 de agosto: Madrid – Londres (Luton) y, al día siguiente, Londres (Heathrow) – Freetown. Llegamos a las 23 horas. El aeropuerto, con el nombre de Lungi, se encuentra situado en la parte norte de una bahía. Al otro lado, se halla la ciudad de Freetown, en el extremo de una pequeña península. Freetown, que como su nombre indica (‘Pueblo libre’, en inglés), fue el lugar donde iban a parar los esclavos liberados de algunas colonias británicas, en un terreno de 80 kilómetros cuadrados comprado para dicho fin por un grupo de filántropos ingleses.

En el aeropuerto cambiamos 200 euros y, para nuestra sorpresa, nos dieron unos inmensos fajos de billetes. Me puse nervioso. No sabía dónde poner todo aquello. Había entregado cuatro billetes de 50 euros y nos habían devuelto tres torres de  leones, la moneda local (1 euro = 4.500 leones). Una cerveza en un bar, 2.000 leones. Los introdujimos en una riñonera que llevaba Nuria. Después, a la salida del diminuto aeropuerto con sólo una puerta de embarque, nos esperaba nuestro contacto en el país: Edmond, un larguirucho dicharachero, acompañado por el Tío Sam, un hombre de varias toneladas encargado de la logística de nuestro viaje. Edmond portaba un letrero rosa fosforito con nuestros nombres. Nos dieron un inmenso abrazo cuando nos presentamos y, tras esquivar a varios hombres ofreciendo taxis para llegar hasta el ferry que nos llevaría a Freetown e incluso helicópteros (lógicamente mucho más caro), tomamos un taxi.

El taxi, destartalado, no cumplió con su cometido. Recorrida la mitad del camino (el total nos llevó unos 15 minutos), el taxi paró. Como la mayoría, había pecado de llevar el depósito al límite. Edmond no se lo podía creer. “Menuda bienvenida”, seguramente pensó. Nos encontrábamos en un camino en tierra de nadie, sin luz, esperando que llegara otro coche que tomar. Llegó. Se trataba de una furgoneta vieja, con asientos de madera, y un pequeño televisor con DVD colgado del techo. Emitían una película india. Próximos a continuar nuestro camino, otro problema surgió. El conductor del taxi quería que le pagáramos el trayecto. Edmond no quería, nos había dejado tirado. Discutieron. Nuria se puso nerviosa. Yo, tras mi viaje a la R.D. Congo, estaba algo más acostumbrado a estas continuas discusiones que siempre se solucionan, como sucedió, deslizando un billete en la mano del otro. Eso hizo Edmond.

Llegamos a la zona de embarque del ferry, donde debíamos comprar los tickets, tarea de la que se ocupó tío Sam. Había un ajetreo enorme. Yo charlaba con Edmond. Nuria, al no saber hablar inglés, se encontraba un poco perdida. Se puso más nerviosa. “Qué sucede -me dijo-, ?nos dejan aquí solos y tenemos que continuar por nuestra cuenta?”. Le expliqué que no se preocupara, que esperábamos por los tickets para coger el ferry. Se fumó un cigarro tras otro.

Subimos al ferry y nos sentamos en una zona interior con mesas. Nos sirvieron una cerveza local: Star, muy parecida a la Heineken. Emitían videoclips en un pequeño televisor, algunos de Michael Jackson, que devoraban con pasión. Hacia el final del trayecto, de 45 minutos, un humorista animó la espera. Hablaba en krio (una mezcla de inglés y lenguas locales), por lo que no entendí nada. La gente reía con ganas. Al atracar el ferry y abrir las compuertas, un vendaval de niños subió a su interior. En ese momento no supe qué sucedía. Pregunté más tarde a Edmond. Se trataba de niños de familias sin recursos que buscaban alguna manera de sacarse un dinero, sobre todo haciendo de porteadores.

Al pisar tierra subimos en el coche que Tío Sam había alquilado y, veloces, llegamos a la casa donde nos alojaríamos durante un mes, situada en Kissy, uno de los barrios periféricos de Freetown. Atravesamos un portal. Sin luz eléctrica, todo se encontraba a oscuras. Nos recibió Emilda, la auténtica impulsora del proyecto. Madre de Edmond, la labor que realiza se dirige a proporcionar educación a los niños de la zona, cuidar de los más pequeños en la guardería y enseñar diferentes oficios, como costura o a preparar jabón. Emilda es encantadora, muy delgada y trabaja de la mañana a la noche sin descanso. Obtuvo un doctorado en Magisterio en Italia y, aunque podría haberse quedado en Europa trabajando, prefirió volver a su país y ayudar a los más necesitados de su región. Lo hace, y con qué energía. Ni la guerra que asoló el país desde 1992 hasta 2002 se lo impidió.

Una guerra iniciada por el grupo rebelde Frente Revolucionario Unido (FRU) que, formado en la vecina Liberia, comenzó a adueñarse de las minas de diamantes que explotaba el Gobierno. Acusaba a éste de desviar todos los beneficios de la explotación de las minas para su bien privado. Pronto el FRU ocuparía su lugar, cometiendo prácticas aberrantes como la amputación de miembros, en una de las guerras más crueles que se recuerdan. La guerra enfrentaría al FRU contra las tropas gubernamentales y una milicia local denominada Kamajors, de escasos recursos. La guerra todavía permanece presente en el país. Su rostro más perceptible es el gran número de nativos con muñones que se ven por todos lados.

Llueve.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ander dice:

    Un abrazo desde Donosti, Ramón. Sigo tus andanzas.

  2. Carmen dice:

    Q bien q nos puedes ya poner al día!!
    un abrazo fuerte desde berlin, y ánimo con vuestro trabajo!

  3. Nadia dice:

    Hola!! Soy una de vuestras compis frustradas de agosto. Al final tuve problemas y creo que bajaré en octubre o noviembre cuando haya menos lluvia (espero). Leo con avidez tu notas. Ya te escribiré cuando vuelvas para ver qué te pasó con el visado.

    Disfrutad y un beso a Nuria!

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