Vacaciones de Posguerra – Zelenkovac (Bosnia Herzegovina, verano 2006)

 Mi amigo Pérez suele comentar que para él ‘casualidad’ es la palabra más bella del diccionario. Pues, llevado por esa casualidad, terminé en Bosnia. La historia es sencilla: fui hasta Barcelona a hacer unos cursos de periodismo y allí me alojé en el apartamento de mi siempre hospitalario y gran amigo Zulaica. De compañeros de piso tenía: un argentino, una holandesa y Miriam, una chica eslovena que trabajaba para la ONG Servicio Civil Internacional. Un día Miriam me preguntó: “¿Te interesaría marcharte al extranjero a realizar un campo de trabajo?”. Mi respuesta, como se imaginan, fue afirmativa y, de entre los países que me dio a escoger, elegí Bosnia Herzegovina, lugar que a mediados de los 90 sufrió una cruenta guerra civil que enfrentó a los tres principales grupos que conviven en la región: serbios-ortodoxos, croatas-católicos y musulmanes. Los tres millones de habitantes que tiene el país todavía tratan de restablecerse de lo acontecido.

Arquitectura comunista en Banju Luka /  Zelenkovac
Arquitectura comunista en Banja Luka / Zelenkovac

Sin embargo, antes de contarles la labor que allí desarrollamos, déjenme hacer un breve inciso para explicarles en qué consiste la ONG Servicio Civil Internacional. Después de la II Guerra Mundial, se decidió crear esta organización para tratar de reconstruir los lugares destruidos por la contienda. Los grupos que se encargarían de realizar esta labor los formarían voluntarios, pero con una condición: que éstos perteneciesen a diferentes nacionalidades para que, al trabajar juntos, pudieran conocerse y así evitar que los estereotipos, la ignorancia y los prejuicios nos llevasen una vez más a las armas.

Voluntarios: el inglés Jonathan a un extremo y la serbia Jelena al otro. Descanso / Didier
Voluntarios: el inglés Jonathan a un extremo y la serbia Jelena al otro. Descanso / Didier

Pero, aunque formábamos un grupo internacional, esta condición no se cumplió del todo. En total nos presentamos 14 voluntarios: un inglés, dos italianas, una eslovena, dos belgas, una serbia, ¡seis franceses!, y yo, el gallego. Por cierto, el monitor del grupo venía desde París y las dos belgas procedían de la zona francófona. Es decir, durante las dos semanas que duró el campo de trabajo no cesó de oírse un renqueante murmullo de erres impronunciables.

Zelenkovac 2 / Barbara

Zelenkovac / Barbara
Zelenkovac / Barbara

El lugar donde nos asentamos, idílico. Se trataba de un parque natural llamado Zelenkovac y situado al noroeste del país, próximo a la ciudad de Banja Luka. Un lugar inmensamente verde, con bosques de gigantescos abetos y bañado por el agua de los diferentes arroyos que brotaban de las montañas. Para dormir disponíamos de unas casas de madera que construyó el hombre que regía todo aquello; su nombre, Boro: frondosa barba negra, alto y con un gran don de gentes. Y, como epicentro, la taberna. En ella, cuando caía la noche, nos reuníamos para fraternizar entre los voluntarios y con mucha de la gente de los pueblos de alrededores.

Lo primero que hizo Boro cuando llegué, como si de un rito de iniciación se tratase, fue llevarme hasta la taberna e invitarme a un chupito de rakija, una especie de aguardiente típico de los Balcanes. Ardía. Pero no fue el último. Debido a las precarias y salvajes condiciones en las que vivimos: frío horrible en la noche, agua helada para ducharnos y asearnos, comida escasa consistente sobre todo en guisos insulsos, necesidades hechas de campo y goteras en los dormitorios; convertí, y no fui el único, al rakija en mi medicina, en el asesino de virus y bacterias, en mi billete de regreso a casa. Funcionó. Nada, ni el más leve resfriado me atacó.

El trabajo consistía, sobre todo, en realizar labores comunitarias en la zona. En tres ocasiones, por ejemplo, nos dedicamos a cortar y recoger leña en el bosque para hacer fuego y construir vallas. Nos acompañaba Jruya, un hombre cercano a los setenta, vestido siempre con ropa deportiva y que tenía en Zelenkovac su único modo de subsistir después de haber perdido su empleo en la ciudad. Parecía una prolongación de la naturaleza. Era un placer verlo avanzar entre los árboles, ascendiendo por empinadas pendientes o eligiendo la mejor madera con sólo un simple golpe en el tronco.

Jruya cocinando / Zelenkovac
Jruya cocinando / Zelenkovac

En ocasiones, salíamos del parque natural para trabajar en casas de vecinos: haciendo zanjas para cañerías o arrancando las malas hierbas en una plantación de manzanos. En una sociedad empobrecida, donde nuestro trabajo suponía el no tener que pagar a otra persona para hacer la misma labor, la gente se mostró enormemente agradecida. “Hvala (gracias en bosnio)”, decían sin cesar. Y, debido a estos breves desplazamientos, pudimos descubrir un gran número de pueblos anaranjados. Casas recién construidas, de ladrillo nuevo, que sustituían a los hogares destruidos durante el conflicto. Viviendas que desaparecieron bajo el fuego o, en el frío invierno, por el agua que el enemigo filtraba entre las paredes y que, al congelarse, derribaba. De este modo se trataba de evitar el regreso de las comunidades expulsadas. Las casas que habían sobrevivido, por su parte, mantenían las fachadas salpicadas de balas y metralla.

Campesina bosnia / Rosanna
Campesina bosnia / Rosanna

Y es que lo que más me impresionó de la estancia en Bosnia fueron las historias sobre la guerra. Testimonios que me narraban en el interior de la taberna cuando, después de unas cuantas copas de alcohol, se sinceraban y perdían el miedo a rememorar lo sucedido: “Es extraño pero ahora, cuando recuerdo la guerra, sólo me quedo con los momentos buenos que pasé mientras duró. Por ejemplo, la gran solidaridad que existía entre los vecinos. Pensaba que cuando la guerra terminara eso continuaría, pero me equivoqué”. De este modo me hablaba Narcisa, una joven arquitecta bosnia, en un castellano envidiable que aprendió en Barcelona. Inteligente, abierta, sensata; recordó las noches pasadas en el sótano de su casa junto a la leve luz de un candil mientras, en el exterior, los obuses jugaban al dominó con las demás viviendas del pueblo. Y al amanecer, siempre lo mismo: el anuncio, una vez más, de la muerte de diez o quince vecinos. Aunque, lejos de amedrentarla, esos hechos provocaron en Narcisa la necesidad de vivir cada segundo como si fuera el último: “Esa filosofía de vida nunca la he abandonado y sigo intentando aprovechar cada instante lo máximo posible”, me dijo orgullosa cuando se retiró a descansar.

Boro / Anne
Boro / Anne

Boro no acudió a combatir al frente: “Resultaba demasiado aburrido esperar durante horas en el mismo lugar a que llegase el enemigo –comentaba con sorna en un momento de confidencias-,  así que, durante la guerra, me hice cámara de televisión”. Su mayor éxito como periodista fue vender cinco minutos de imágenes a la CNN. Cuando finalizó la guerra no volvió a trabajar como cámara; odiaba todo lo que había grabado: las muertes, la destrucción, el dolor. “Filmé más de 200 muertos decapitados”, dijo en un susurro, al que acompañó un largo silencio. “¿Y quiénes atacaban?”, le pregunté. “Los croatas”, respondió. “¿Y sería posible ver ese reportaje?”, le supliqué repleto de curiosidad. “No quiero volver a ver esas imágenes en mi vida”, me dijo con voz rasgada y, con paso lento, se alejó.

Restos de la guera /  Zelenkovac
Restos de la guera / Zelenkovac

Algo de todo aquello, en las nuevas generaciones ajenas a la guerra, perdura. Alex, el hijo pequeño de Boro que nació al comienzo de la contienda, me pronunciaba un día el siguiente acertijo: “Tres mujeres gordas están frente a una casa. En la fachada de la casa tres letras: A M G y, rodeando la casa, un campo de minas anti-persona. ¿Qué deciden hacer las tres mujeres?”. ‘Minas anti-persona’… Pobre infancia, y nosotros que siempre elegimos como obstáculo un río repleto de pirañas y cocodrilos.

La italiana Barbara con una viuda de la guerra / Rosanna
La italiana Barbara con una viuda de la guerra / Rosanna
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