La magia de Rosario (Palmeira/Galicia, mayo 2004)

(Texto publicado en el semanario El Especial de Nueva York en 2006)

 En ocasiones sucede. No sé cómo, pero sucede. Momentos que crees serán intrascendentes pero que, con el paso de los minutos, se transforman en eternos. A veces no son más que una melodía, o una imagen que no deja de repetirse en tu mente o, como en el caso que vendrá a continuación, la historia de una vida.

 Hace unos meses, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, descubrí una figura china de porcelana que representaba al Dios de la Sabiduría: un enorme cráneo, barba gris y espesa y unas grandes orejas. Un tributo de la cultura oriental a nuestros mayores: seres enfermos, lánguidos y carentes de la frescura de la juventud pero que, como compensación, acumulan el conocimiento que les ha otorgado la experiencia.

“Habla con Rosario, queda una tarde con él para charlar”. Una frase que mi padre me repetía continuamente hasta que, debido a la necesidad de escribir un reportaje para una asignatura de la universidad, accedí. Aunque resulte extraño, Rosario es un hombre. Sí, nombre atípico en alguien de su sexo pero que él justificaba rápido, quizá de tanto repetirlo: “Vamos a ver, ¿‘el rosario’ no es masculino? Pues el nombre de persona también”. Cuando hablé con él tenía 91 años, delgadez quijotesca y barba milenaria. Un cáncer intentaba rematarlo desde hacía tiempo. Algo que, con su vitalidad, me parecía imposible. Me equivoqué, pero de eso hablaré más tarde.

Rosario en su casa de Palmeira / Moncho Satoló
Rosario en su casa de Palmeira / Moncho Satoló

Ahora lo que importa es aquel día en Galicia en el que Rosario, sentado en el salón de su casa, me narró algunos de los hechos que marcaron su vida. Por supuesto, y como a varias generaciones de españoles, la Guerra Civil sería el más importante. Su destino en esta guerra fue, desde un principio, la cárcel. Años atrás, Rosario había tenido el valor de denunciar al médico del pueblo por contaminar el manantial que abastecía a toda la comunidad (unas obras que estaba haciendo en la huerta de su casa provocaban que el agua saliera enlodada). El médico nunca se lo perdonó así que, cuando estalló la guerra y se alzaron los franquistas en Galicia, denunció a Rosario a las autoridades por, como señalaba sonriente nuestro protagonista: “Instruir a los menores en el virus marxista”. Le condenaron a 21 años de prisión.

Su periplo por las cárceles nacionales comenzó en Santiago de Compostela. Se trataba del inicio de la contienda y todos pensaban que ésta terminaría pronto así que, para su sorpresa, no fue del todo desagradable: “En mi celda sólo estábamos dos mientras que en otras había hasta siete personas. Además me permitieron llevar de casa un catre con colchón y sábanas y, las mujeres de la villa, a las que deberíamos construir un monumento de oro, nos proporcionaban tres almuerzos diarios”. Sin embargo, allí fue donde asistió a más ‘paseos’: varios guardias recorrían todos los días las celdas y, cundo veían a alguien que no les gustaba, lo cogían y se lo llevaban a ‘juicio’. En realidad el final siempre era el mismo, un tiro y el cuerpo sin vida arrojado en alguna de las cunetas de las afueras. Rosario recordaba: “Era horrible, nunca sabías si tú serías el siguiente”.

Destellos / Moncho Satoló
Destellos / Moncho Satoló

Después de diez meses lo trasladaron a la cárcel de A Coruña. “Una cárcel húmeda y fría” , según Rosario. Y de allí, tras otros tres meses, a Astorga (en Castilla y León). Cuando llegó a su celda arrojó el colchón al suelo (que debía compartir con otra persona porque a él sólo se le concedían 40 centímetros) y se acostó exhausto por el viaje. No duró mucho en esa posición porque, a los pocos minutos, se levantó de un brinco: “¡Piojos! Cientos de piojos”, decía Rosario entre risas. Como a todo, se fue acostumbrando y, pasado un tiempo, llegó a deleitarse al ver como, tras introducirlos en botes de cristal, se devoraban los unos a los otros. La vida misma.

Más tarde, gracias a su oficio de barbero, Rosario disfrutó de algunos lujos en la cárcel (como comer carne de vez en cuando) debido a que recibía un pequeño salario por sus servicios. Un día, para su sorpresa, recibió la visita de su hermano Moncho. Éste había luchado en el bando republicano durante la guerra y, al finalizar, lo habían capturado los franquistas e internado en un campo de concentración: vejaciones, enfermedades, hambre. Sin embargo, debido a un golpe de suerte, se le concedió un permiso para volver a casa. “De camino –continuaba Rosario- decidió hacerme una visita y, como pensaba que padecía las mismas penurias que él en el campo de concentración, utilizó todo su dinero para comprarme una hogaza de pan. Y todavía no he podido pagarle esa hogaza de pan”. Rosario, mientras lo narraba con voz entrecortada, fue incapaz de contener las lágrimas. No pudo continuar.

Un año después, el maldito cáncer del que hablaba terminó con su vida. Acudí a su velatorio. Allí estaba él, envuelto en una sábana blanca que yo mismo había recogido minutos antes en su casa. Muchos rostros lloraban. Yo, no. Me encontraba alegre al recordar lo mucho que este hombre excepcional me había enseñado y al pensar que, después de una vida agitada, al fin podría descansar .

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Loli Méndez dice:

    Moncho, me ha encantado tu artículo de Rosario. Entrañable

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