Niños de la calle en Goma / R.D. Congo, 19-25-28 de marzo

Don Bosco, la misión más valorada de Goma. Hablar con la población local sobre qué es para ellos Don Bosco, significa recibir un vendaval de palabras de admiración y respeto. Un “Dios bendiga al Padre Mario” se repite incesante. Padre Mario, el venelozano que dirige esta obra desde hace 12 años. Llegó en 1997 de paso, luego por un período de 3 años, y ahí sigue. La gente tiene miedo de que se vaya porque sabe que él es la base de Don Bosco en Goma. Cuando llegó sólo había una pequeña escuela de oficios. Ahora, sin embargo, disponen de escuelas gratuitas (en la R.D. Congo, al no pagar el Estado a los profesores, las familias necesitan pagar un tanto para que sus hijos pueden asistir a clase. No suele suponer más que un par de dólares al mes por niño pero, para familias numerosas como las congoleñas, donde resulta normal tener más de cinco hijos en edad escolar, dicha cantidad supera todas sus posibilidades), ambulatorios (consultas también gratuitas), dispensan alojamiento a los desplazados por la guerra, construcción de casas cuya adquisición supone un coste mínimo, escuelas de oficios, comedores, ayudas de micro-créditos para que las familias más humildes puedan abrir su propio negocio, orfanato y una casa de acogida para niños de la calle.

Algunos de los niños de la calle de Don Bosco / Moncho Satoló
Algunos de los niños de la calle de Don Bosco / Moncho Satoló

Me gustaría hablar de esta casa de acogida. A diferencia de la mayoría de las obras que llevan a cabo en Don Bosco, ésta se encuentra separada del resto, en un lugar más próximo al centro de Goma que recibe el nombre de Gahinja. La central de Don Bosco se halla en N’Gangi. Se trata de una zona amurallada, con varias construcciones en su interior de madera y de una sola planta: dormitorios, comedor, cocina, aulas, además de una pequeña zona de juegos. En la actualidad tienen 80 niños a su cargo (sólo varones, para las niñas disponen de otro centro en N’Gangi). Lo extraño, como me comentaba Luca, un italiano muy simpático y entrañable de treinta años encargado de coordinar la casa de acogida, es que “la semana pasada recibimos, de repente, 40 niños, el doble que hasta entonces. Sospechamos que la policía les debe de estar atacando y por eso vienen desesperados para que les acojamos”. Fue Luca, en compañía del Padre Mario y del alcalde de Goma, el que acudió a una especie de campo de concentración llamado Kinyogote en el que las autoridades locales encerraban a los niños de la calle. Vivían en condiciones infrahumanas, sin ningún tipo de medidas higiénicas, mezclados niños y niñas, con una comida al día y sin mantas. El detalle de separar a niños y niñas resulta importante en una sociedad en la que la violación está tan extendida. Y allí llegaron el Padre Mario y Luca y, de un día para el otro, cambiaron la vida de estos niños para siempre. El proyecto en la misión dura tres meses y su objetivo principal es la reinsercción familiar y, si no es posible, darles una educación y oficio para que emprendan una vida mejor.

Luca acompañado por algunos de los niños del centro / Moncho Satoló
Luca acompañado por algunos de los niños del centro / Moncho Satoló

Los relatos de estos niños resultan extremecedores. A modo de ejemplo, me gustaría narrar unos cuantos:

Prince, 14 años. Lleva desde los 6 en la calle / Moncho Satoló
Prince, 14 años. Lleva desde los 6 en la calle / Moncho Satoló

Prince: 14 años. Prince muestra seguridad en sí mismo. Está limpio y su ropa se encuentra en un estado aceptable, algo poco frecuente entre estos niños. Su rostro se ve frágil, afeminado. Abandonó su casa en 2001, tenía 6 años.

Prince decidió vivir en la calle porque, según él, “vivía en muy malas condiciones”. Su padre volvía siempre borracho del trabajo y golpeaba a todo el mundo en la casa. No le gustaba vivir así y por eso se fue. Procede de Bukavu, en el otro extremo del gran lago Kivu. Dice que son 10 hermanos (1 chica y 9 chicos). Aunque se contradice al respecto, porque luego dice que son 4 en Bukavu y 3 en Goma. Luego cambia los 4 de Bukavu por 6, por lo que aún faltaría uno. Dice que menos su hermana, que sigue con sus padres, el resto de sus hermanos viven en la calle.

Llegó a Goma desde Bukavu en barco. Cuando el revisor lo descubrió en el barco sin ticket, lo agarró y lo encerró en el baño. Al llegar a Goma lo dejaron libre. Su abuela está en Goma y solía visitarla todos los domingos. Al preguntársele el motivo por el que no vive con ella, afirma: “No puedo”. “¿Pero por qué?”, insisto. “Porque no puedo”, concluye.

Prince a veces se marcha de Don Bosco porque dice que los niños le pegan (en Don Bosco las puertas están abiertas, todo niño está ahí por su propia voluntad). Cuando se va suele dormir en cualquier sitio. Algunas veces duerme solo, otras con otros niños.

Para sobrevivir, optaba por mendigar y por la recogida de carbón para venderlo. (En las zonas de reparto de carbón, donde grandes sacos van de un lado al otro y muchas veces se encuentran agujereados, los niños de la calle recogen las migajas que caen para luego ir a venderlas al mercado. Por estas ventas, lo máximo que suelen conseguir son 500 francos, unos 60 céntimos de dolar). No toma drogas, afirma con firmeza, sólo algún cigarro de vez en cuando.

Dice querer volver a Bukavu para vivir con sus padres. Lo hará cuando consiga el dinero del ticket para embarcar. Cuando regrese, si siguen pegándole, irá a vivir con otros familiares.

Samsun. 13 años, lleva en la calle desde los 7 / Moncho Satoló
Samsun. 13 años, lleva en la calle desde los 7 / Moncho Satoló

Samsun: 13 años. Abandonó su casa en 2003, tenía 7 años. Durante la entrevista, no deja de pintar su ropa y piel con un bic azul. Está sucio, la roña le cubre las piernas. Es tímido y tarda bastante en responder a las preguntas.

Procede de N’Dosho, un barrio de Goma. Se fue a vivir a la calle porque su padre le golpeaba. Le acusaba de robar en casa. Cuando le pegaba no estaba borracho. Son 6 hermanos: una chica y cinco chicos. Sus hermanos siguen viviendo en casa con sus padres.

Al principio de vivir en la calle los niños mayores que él le golpeaban. Mendigaba en la calle y vendía carbón. Solía dormir en frente de las tiendas vacías. Dice que no le gusta estar en la misión de Don Bosco por mucho tiempo porque ahí los niños mayores también le pegan.

Piensa en regresar a casa: “Pienso en ello todos los días, pero nunca llego a hacerlo”, afirma. Dice que no lo hace porque aquí estudia y si volviera a casa no lo haría. Cuando se va siempre acaba regresando. No es feliz sobre la vida que eligió y nunca volvería a hacerlo si pudiese elegir de nuevo. Acerca de su futuro sólo piensa en estudiar y después buscar un trabajo.

Mungu (Dios) Iko Joel: 14 años, abandonó el hogar en 2001. Procede de N’Gangi, un barrio próximo. Muestra una gran seguridad, con cierta actitud de ‘malote’. No quiso ser fotografiado.

Vivía con su madre y su padrastro. Su padre está muerto. Él es el mayor de cinco hermanos, todos chicos. Antes de que su padre muriera, éste le dejó una bici. Después de su muerte, un día, la bici desapareció. Él solía ir con esa bici a todas partes. La usaba para transportar todo tipo de productos, sobre todo agua. Cuando la perdió, su madre y otra gente de su familia comenzó a preguntarle dónde la había dejado. Él dijo que alguien se la había robado cuando estaba en el cine, así que era imposible encontrarla. Su padrastro le golpeó, acusándole de haberla vendido. Después de eso, se marchó a la calle. Lo hizo para buscar otra bicicleta. Dice que si encontrase otra seguramente podría volver. “Todavía busco por la bici”, afirma en un tono apagado. Han pasado ocho años.

En la calle dormía en el mercado o en algunos lugares públicos, como las cabinas de teléfono. Para comer iba preguntando en las casas por trabajo o comida. Uno de los empleos consistía en llevar al bosque basura, restos de todo tipo o chatarra y después le daban comida.

Antes de la aparición de Don Bosco, la policía solía recoger a los niños de la calle y llevarlos a un reformatorio llamado Kinyogote. “Una cárcel”, en palabras de muchos. A veces pasaban incluso tres noches sin comer. Tenían mucho miedo y vivían en muy malas condiciones. Incluso cuando les llevaban comida, “tú no podías comer si eras un niño, porque la comida se la llevaban los mayores”, narra. Era la ley de la jungla. Allí la policía no les golpeaba, lo hacían los niños mayores. Como expliqué antes, tras un acuerdo entre Don Bosco y el alcalde, estos niños fueron llevados a la misión de Don Bosco. En Don Bosco sigue teniendo problemas con los mayores que él, porque le insultan.

A veces va a visitar a su madre, vive muy cerca. Su madre le riñe, dice que hizo cosas muy malas y que no es su hijo, sólo un niño abandonado.

Según él, lo peor de la calle son las noches pasadas a la intemperie. Existe el problema de que a lo mejor aparezcan los soldados y los maten por ser niños de la calle. “¿Mataron a alguien que conociste?”, le pregunto. No sabe de nadie, sí de niños de la calle que se matan entre ellos a puñaladas. Está acostumbrado a luchar.

 François. 12 años. Primera vez en la calle en 2007 / Moncho Satoló
Dogo François. 12 años. Primera vez en la calle en 2007 / Moncho Satoló

Dogo François: 12 años. Abandonó su casa por primera vez en 2007. Es bizco y lleva una chaqueta negra de hombreras pronunciadas. Es muy inseguro.

Su padre está muerto. Solía ser golpeado por su madre y su padrastro cuando no realizaba ciertos trabajos. Se fue a la calle en 2007, cuando tenía 10 años. Solía vender carbón en la calle. Un día, cuando se miró y se vio totalmente sucio, decidió regresar a su casa. Allí vivió dos años y volvió a huir por golpes e insultos.

Fue encerrado en el reformatorio para niños de la calle. Cuando la policía lo capturó cargaba una bolsa de carbón. Comía una vez al día y por la noche tomaba agua hirviendo. Los mayores sí comían por la noche. Fueron el Padre Mario, el alcalde y Luca a recogerlos al campo. Según él: “Aquí en Don Bosco la gente es buena, pero en ocasiones, cuando llueve, me hacen transportar piedras para tapar los charcos”. Sólo eso. Dice que se quedará en Don Bosco para estudiar.

Al preguntarle cuándo volverá a casa, afirma: “Cuando Dios quiera”. Insisto, le digo cuándo cree que Dios querrá: “Dios planea todo y Él decide”, continúa. “¿Y decidió Dios que fueras a vivir a la calle?”, pregunto. “No -concluye-. Dios no decidió eso”.

Niño de Don Bosco / Moncho Satoló
Niño de Don Bosco / Moncho Satoló

Días después regresé a la misión. Luca me había preguntado que si quería conocer la historia de algún niño más y yo, entusiasmado, acudí a su llamada. Al llegar me encontré a Adam, un joven israelí que trabajaba desde hacía una semana para Don Bosco. De origen estadounidense, habla un español fluido, después de haber cursado los estudios de Relaciones Internacionales en Quito. Me comentó: “Nos vamos a recorrer Goma en busca de niños de la calle e intentar que se vengan a Don Bosco”. Le pedí a Luca si Willy (mi guía) y yo, les podíamos acompañar. Con Adam iba Fikiri, el director de Gahinja, un congoleño que vestía elegantemente una camisa azul y un pantalón de pinzas. También les acompañaba un niño de la calle que vive en la casa de acogida, para guiarles por los lugares que frecuentan estos niños. Luca me dio su aprobación. Partimos.

El primer destino fue un mercado. Concretamente, la zona de reparto de carbón. Varios hombres descargaban de un camión el preciado combustible. Con frecuencia, el carbón se desprendía de los sacos y de inmediato los niños se abalanzaban sobre él. Cuando conseguían lo suficiente, se alejaban unos pasos y vendían su mercancía. El niño de la calle señaló a varios niños y a continuación Fikiri les pidió que se acercasen a hablar con él. Charlas, risas, pero terminaron por denegar la proposición.

Un bien preciado / Moncho Satoló
Un bien preciado / Moncho Satoló

Proseguimos. Lejos del barrio donde se encuentra el mercado, en el centro de Goma, unos niños correteaban junto a una gasolinera. El niño de la calle que nos acompañaba los señaló, al tiempo que se dirigía hacia ellos. Todos esos niños accedieron a seguirnos. Se trataba de cuatro niños de no más de 10 años, vestidos con harapos y cargados con todo tipo de artilugios: desde la carcasa de un móvil, hasta una muñeca y un plátano verde. Fikiri no se paró a hablar con ellos. Todo lo contrario, avanzó más rápido, mientras los críos nos seguían a trompicones, entusiasmados, perdiendo las sandalias a cada movimiento. Un poco más adelante aparecieron dos niños más, que también nos siguieron. Una llevaba una rueda con él, que pronto dejó para poder avanzar más rápido. Tras caminar unos metros más, nos detuvimos. El cooperante congoleño quería hablar con los niños. Tras la charla, dos niños se marcharon. “¿Qué pasa?”, le pregunté a mi guía, que había escuchado la conversación en suahili. “Estos niños estaban en la calle, pero tienen familias, casas en las que viven, por eso les mandó marchar”, me explicó.

Cruzamos la calle. Se trataba de la carretera principal de Goma y a esa hora del día (las 11 de la mañana), se encontraba en pleno apogeo. Con bastantes apuros, parte del grupo cruzó. Nos quedamos mi guía Willy, un renacuajo y yo. Le di la mano para ayudarle a cruzar. Al hacerlo, pude sentir su extrañeza. Se hallaba desconcertado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: ¿Cómo un niño podía estar tan sorprendido ante un simple gesto de afecto?

Entre la basura / Moncho Satoló
Entre la basura / Moncho Satoló

De ahí nos llevaron a un basurero cercano. Dos niños seleccionaban deshechos para vender. Fikiri habló con ellos. Tras mostrarse bastante reticentes en un principio, accedieron a llevarnos al lugar donde vivían. Tras el basurero, una amplia vegetación cubría el lugar. Entre los arbustos, algunos de más de dos metros, descubrimos el pequeño lugar donde vivían, su escondite. En él se encontraban cinco cabañas fabricadas con plásticos, madera y sacos. Restos de latas y otros residuos cubrían el suelo. Los niños, que en un principio habían optado por esconderse dentro de las chabolas o escapar, poco a poco fueron adquiriendo la confianza suficiente para acercarse y hablar con nosotros. Una docena de niños que, tranquilizados ya, volvieron a lo que estaban haciendo. Uno de ellos acababa de asar una rata. Lo hacía a la manera en que se mata al cerdo en los pueblos de España, quemándole todo el pelo. Después, con un cuchillo, la comenzó a destripar. Otro niño mostraba orgulloso la ratonera, con un pequeño trozo de queso como cepo. De estos niños, sólo uno nos acompañó.

Ratas para comer / Moncho Satoló
Ratas para comer / Moncho Satoló
Su hogar junto al basurero / Moncho Satolo
Su hogar junto al basurero / Moncho Satolo

Tras salir del basurero, Fikiri se sentó y tomó nota de los nombres y las edades de los cinco niños. Después pidió al niño que nos había acompañado desde el principio que los llevase a la casa de acogida, puesto que él y Adam querían seguir buscando más niños. No hubo más. Nos encontramos a niñas de unos trece años y Fikiri les pidió que regresasen a Don Bosco (N’Gangi), puesto que ya habían estado allí. Dijeron que no, que los profesores de la escuela les habían obligado a marchar y que no volvería. Al volver a Gahinja el niño al que había ayudado a cruzar la carretera tenía la cabeza a medio afeitar y ensangrentada. “Un niño demasiado bruto le cortaba el pelo”, me dijeron. Luca me llamó y me dijo si quería hablar con uno de los niños. Su nombre Isiron:

Isiron, niño brujo / Moncho Satoló
Isiron, niño brujo / Moncho Satoló

Isiron: Desconoce cuantos años tiene. Habla con un tono de voz casi inaudible. Luca lo abraza, le hace carantoñas y le explica que soy un amigo y que no pasará nada. Poco a poco va cogiendo confianza. Tiene marcas en los brazos, como producidas por granos, y una cicatriz en la cara. Eso será el motivo de su desgracia.

Isiron procede del barrio de N’Dosho, en Goma. Después de que sus padres le echaran de casa vivió durante mucho tiempo en la calle. No sabe decir cuánto tiempo aproximadamente. Buscaba carbón y luego lo vendía. Me dijo sentirse feliz en Don Bosco. Cuando le volví a preguntar sobre el motivo de su expulsión del hogar, respondió con un fino hilo de voz: “No lo sé, de verdad que no lo sé. Yo no hice nada”. Luca, en castellano para que no nos entendiese nadie, me explicó: “Lo echaron por las marcas que tiene en el cuerpo. Su familia decía que era un niño brujo”. Es decir, lo acusaban de estar maldito, de propagar la mala suerte entre todos los que le rodeaban. Una predicción realizada frecuentemente por el hechicero del lugar. Son muchos los niños de la R.D. Congo que son expulsados de sus hogares por estos motivos.

Jackson con algunos de sus alumnos / Moncho Satoló
Aula de Don Bosco / Moncho Satoló

Jackon: cooperante congoleño en Don Bosco desde hace tres años. Profesor de música y alfabetización. Se muestra entusiasmado con todo lo relacionado con estos niños.

“Me apetecía estar con gente más joven y enseñarles todos mis conocimientos”, señalaba Jackson. Jackson se mostraba convencido de que cubriendo parte de sus necesidades, estos niños podrían llegar a ser alguien algún día.

Jackson tiene su historia personal respecto a uno de estos niños, que quiso compartir. La magia invadió el lugar:

“Parecía que la paz estaba llegando a la R.D. Congo, y el Padre Mario me pidió que compusiese una canción que hablase sobre el tema. Un día, a las 7 de la mañana, me vino una idea y proseguí con la composición hasta la 6 de la tarde. Hablaba de un niño que era abandonado por la guerra y al que después acogían en un orfanato.

Durante los primeros ensayos de la canción, llamé un niño para que cantase conmigo. Al rato, comenzó a llorar. ‘¿Qué te pasa?’, le dije. Y me respondió: ‘¿Por qué sabes la historia de mi vida si no se la he contado a nadie?’. Jackson lo recordó emocionado. Esta era su historia: Ruandés de nacimiento, durante el genocidio de hutus contra tutsis sus padres habían sido asesinados. Un religioso lo encontró en la calle y se lo trajo hasta Goma. Éste, al llegar, buscó una familia para que se hiciera cargo de él. Vivió con ellos un tiempo. Luego lo expulsaron del hogar y terminó viviendo en la calle. Don Bosco aparecería luego. Tiene 11 años.

Unos días después, el sábado 28, es decir, ayer, regresé a Gahinja. Quería saber qué había sido de los niños que nos habíamos encontrado en nuestro recorrido por la ciudad. No quedaba ninguno de ellos. Todos habían optado por volver a la calle. Otros niños jugaban al fútbol en las instalaciones de la casa de acogida o se protegían del sol de machetes de las tres de la tarde. Uno adolescente de 17 años, Jean Claude Habimana, había quedado a cargo de los críos. Su historia, tan dura como el resto:

Procede de la región de Masisi, concretamente de la localidad de N’Gungu. Su padre murió de enfermedad cuando todavía era un niño. Su madre murió asesinada por los rebeldes del CNDP (el grupo del recien capturado Laurent N’Kunda). Una bala le alcanzó mientras huían de los saqueos. Desde entonces, tenía 12 años, vivió con su abuela en Minova junto a sus otros cuatro hermanos pequeños.

Había llegado a Don Bosco (N’Gangi) hacía 6 meses. Un párraco de Minova había pedido al Padre Mario que lo acogiese en la misión, porque deseaba estudiar y en Minova no era posible. Padre Mario accedió. Desde entonces, Jean Claude sólo piensa en terminar los estudios y comenzar a trabajar para conseguir un poco de dinero. No pide mucho. Sueña con un calzado nuevo. Lleva puestas unas sandalias azules de plástico. La sandalia del pie derecho cuelga, próxima ya a desgarrarse.

Espero que nunca deje de ser un juego / Moncho Satolo
Espero que nunca deje de ser un juego / Moncho Satolo
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