La visita de Joseph Kabila a Goma / R.D. Congo, 9 de marzo.

En la mañana del lunes 9 de marzo, durante mi habitual visita a la sede de la MONUC en busca de mi pase de prensa (a día de hoy, 15 de marzo, la máquina que produce los carnés sigue estropeada. “Deben solucionar el problema desde Kinshasa”, dicen); uno de los encargados de la relación con los medios de comunicación en la MONUC: William Elachi, un congoleño adorado por los periodistas debido a su gran entrega y accesibilidad, me informó que a las 2 de la tarde el Presidente de la R.D. Congo, Joseph Kabila, llegaría al aeropuerto de Goma y más tarde pronunciaría un discurso en el centro de la ciudad. William dio unas breves indicaciones a mi guía sobre dónde se produciría el encuentro y, minutos más tarde, estábamos en camino.

Aunque todavía era temprano, el reloj acababa de marcar las 11 de la mañana, quise acercarme al lugar para ver cómo se llevaban a cabo los preparativos. Un amplio número de personas se apelotonaba en un descampado frente a un pequeño palco cubierto por cinco carpas. En ellas se distribuían las localidades en las que se sentarían las diferentes personalidades invitadas al evento. Entre ambos, la tarima desde la que Joseph Kabila pronunciaría su discurso.

Vigilancia y espera a Kabila / Moncho Satoló
Vigilancia y espera a Kabila / Moncho Satoló

El sol atravesaba inmisericorde los cuerpos de los presentes, mientras los militares comenzaban a acordonar la zona. La gente amontonaba piedras en el descampado para ascender sobre las cabezas de las primeras filas. Los muros que se alzaban a ambos lados de la plaza, perpendiculares al palco, se ocultaban bajo las decenas de locales sentados sobre ellos. Los vendedores ambulantes ofrecían todo tipo de productos: frutos secos, polos, refrescos. Miembros de la Cruz Roja local proporcionaban agua en sobres de plástico, mientras que varios oportunistas hacían negocio con la venta de agua en pequeñas bolsas transparentes. Estos comerciantes brotaban de la parte trasera de una choza de madera, lugar donde posiblemente se encontraba el grifo que los abastecía. El tiempo avanzaba endiablado. El asfalto se pegaba a nuestros pies. Traté de comprar agua en alguno de los comercios de los alrededores pero todos se encontraban cerrados. Rogué a Willy, mi guía, que negociara con alguno de los chiquillos que vendían bolsas de agua. “No, no puedes beber ese agua”, me respondió. Lo sabía, pero debía refrescarme un poco. Me convertí en un espectáculo al emplear el agua no para saciar mi sed, sino para mojar el pelo, cara y brazos. No vacié la bolsa y le di el resto a los niños que me rodeaban. Se abalanzaron sobre ella.

Ryszard Kapuscinski, el gran reportero polaco especializado en África, se refería a una situación parecida en su libro La guerra del fútbol, en relación a la espera popular en Acra de Kwame Nkrumah, presidente de Ghana, del siguiente modo: “Bajo el blanco cielo de África, la multitud llena la plaza del West End, inundada por el sol. Negra, paciente, bañada en sudor, la multitud aguarda firme la llegada de Nkrumah. La plaza, esta sartén parda en el centro de Acra, está abarrotada de gente. Los últimos en llegar intentan hacerse sitio por todos los medios; un poco más, y la cerca que bordea la plaza empezará a resquebrajarse y los niños que se han subido a lo alto de las estacas comenzarán a caer como plátanos maduros. Hace mucho calor”.

Expectación ante la llegada de Kabila / Moncho Satoló
Expectación ante la llegada de Kabila / Moncho Satoló

Sobrepasadas las dos de la tarde, ninguna personalidad había aparecido aún. Intenté conseguir, con ayuda de mi guía, que me diesen el visto bueno como periodista para cubrir el evento desde una zona privilegiada, junto al Presidente. Los primeros intentos fueron rechazados de manera tajante. Resulta que hacía falta un permiso de prensa especial para informar sobre el Presidente. Insistimos, pero sin resultados. Todo cambió cuando Willy divisó a un periodista local y envió a January, nuestro conductor, a que le avisase. Éste aceptó venir a hablar con nosotros. Su nombre, Roberto. Trabaja para una emisora de Goma. Con amplia experiencia, me explicó que trataría de ayudarme y comenzó a hablar de la hermandad que existe entre los periodistas y que seguramente, si él estuviera en España, yo haría lo mismo por él. Me pidió que le acompañara para negociar con los encargados de comunicación del evento. En el primer encuentro, fui rechazado. Me pidieron que me retirase con el resto de espectadores. Roberto prometió volver. Y eso hizo tras unos minutos de espera. No regresó solo. Lo escoltaba uno de los encargados de prensa. Le mostré todos mis documentos: pasaporte, carné de presa, permiso congoleño para trabajar como periodista. Tras profundos análisis: “Ahora volvemos”, me dijeron. Abandonaron el lugar con mis documentos en mano. Tras una larga espera, Willy llamó a Robert por teléfono: “Dice -me comentó Willy- que debes pagar 100 $ si quieres cubrir la visita del Presidente”. Le di un no rotundo. “¿Cuanto estás dispuesto a pagar?”, me volvió a preguntar Willy. “20 $”, le respondí. Y tras comunicárselo a Roberto, colgó. Tras una nueva espera regresó Robert, devolviéndome todos mis documentos y pidiéndome que lo acompañase. Me comentó: “Creo que podremos arreglarlo con los 20$”. Se los di e incluyó mi nombre en una lista. A continuación me dieron el pase, en el que aparecía una gran foto de Kabila. Me hallaba seguro de que la negociación había llegado a su fin y que podría fotografiar con total libertad, pero apareció el encargado de prensa: “No has terminado, debes pagar los 100 $”. Le expliqué que Roberto me había dicho que 20$ era suficiente y que se los había dado a él. Acudió en su búsqueda. “No les des nada”, me susurró Roberto apareciendo de repente. Vi a Roberto discutir con el encargado y otro hombre. Roberto se separó y, dirigiéndose a mí, me dijo: “¿Tienes cambio de dos billetes de 10 $? Así le doy uno a cada uno. Yo te devuelvo el billete de 20 $ que me diste y en paz”. Le di los dos billetes de 10 $, sabedor de que no me devolvería el otro que le había dado. Quería terminar ya. Y así fue. Al fin libre para cubrir el evento.

Zanga Mobutu, Ministro de Agricultura e hijo del ex-presidente Mobutu / Moncho Satoló
Zanga Mobutu, Ministro de Agricultura e hijo del ex-presidente Mobutu / Moncho Satoló

Las personalidades comenzaron a llegar. Pasaban caminando frente a los espectadores, saludaban y ocupaban su lugar en el palco. Hombres y mujeres vestidos de manera occidental, con austeros trajes locales o con la versión de éstos más llamativa y chillona. Uno de los hombres fue vitoreado por encima del resto. “Se trata del hijo de Mobutu”, me dijo Roberto. Es decir, Zanga Mobutu, Ministro de Agricultura e hijo del ex-presidente de la R.D. Congo: Mobutu Sese Seko. Mobutu fue derrocado por la fuerza en 1997 por el padre del actual Presidente, Laurent Désiré Kabila, y falleció en el exilio pocos meses después. Laurent Kabila sería asesinado por uno de sus guardaespaldas en enero de 2001, ocupando el puesto su hijo Joseph Kabila. Éste, en 2006, celebraría las primeras elecciones libres en 40 años, venciendo en la segunda vuelta ante el líder de la oposición Jean Pierre Bemba, que en la actualidad se encuentra en el Tribunal Internacional de la Haya acusado de cometer crímenes contra la humanidad. Por lo que parece, las nuevas generaciones de las familias Mobutu y Kabila se han reconciliado.

Joseph Kabila y su guardia personal / Moncho Satoló
Joseph Kabila y su guardia personal / Moncho Satoló

La todopoderosa guardia presidencial / Moncho Satoló

Y fue entonces cuando de repente, veloz, apareció la guardia personal de Kabila. Rancheras y camiones con hombres fuertemente armados, cubiertos muchos de ellos con improvisados pasamontañas; grandes moles con gafas de sol y rostro amenazante. Entre ellos, llegaría Kabila, conduciendo su propio coche. Eran las 6 de la tarde. Completamente de negro, vestía un traje de manga corta. Los asistentes enloquecieron al verlo. Ya en la tarima, comenzó a hablar sobre la promesa que había realizado durante la campaña electoral de llevar la paz al territorio y que, como todos sabían, la acababa de cumplir. Después la gente le preguntó por Nkunda, el líder rebelde capturado hace menos de un mes por una operación conjunta de tropas ruandesas y congoleñas. “¡Nkunda no es el problema, el problema era la paz y ésta ha sido alcanzada! ¡Sin embargo, os prometo que pronto veréis a Nkunda!”, respondió Kabila. (Hace unos días se ha conocido la noticia que un Tribunal ruandés ha negado la posibilidad de extraditar a la R.D. Congo a Nkunda, alegando que éste no contaría con suficientes garantías legales). Los asistentes, a coro, asentían o negaban cada una de las afirmaciones del Presidente, reían cuando él reía, se ponían serios cuando éste lo hacía. Kabila prosiguió el discurso, relatando su periplo en coche por parte del país, recorriendo 1.500 km para conocer el estado de las carreteras, prometiendo cambios. Y finalizó, tras 45 minutos, pidiendo una fuerte ovación para la selección congoleña, que acababa de hacerse con la Copa de África. Saludó una vez más al público, luego a los invitados del palco y, como vino, se esfumó veloz al volante de su todoterreno oscuro.

Joseph Kabila durante el discurso / Moncho Satoló
Joseph Kabila durante el discurso / Moncho Satoló
Kabila ante un público entregado / Moncho Satoló
Kabila ante un público entregado / Moncho Satoló
Joseph Kabila abandona el lugar conduciendo él mismo el automóvil / Moncho Satoló
Joseph Kabila abandona el lugar conduciendo él mismo el automóvil / Moncho Satoló

Nota: Mi total gratitud a Carla Mujica, cuya tesina R.D. Congo: las guerrillas en las provincias orientales y el tráfico del coltán, me ha ayudado a entender un poco mejor este complejo país.

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