Goma, en busca de permisos. (R.D. Congo – 5 y 6 de marzo).

Tras la primera noche en Goma, donde dormí en la casa que tienen los cooperantes de Don Bosco: una casa grande, estilo colonial, con fuertes medidas de seguridad (y en la que todavía sigo gracias a la amabilidad de todos sus ocupantes. Mil gracias). Me dirigí en busca de los permisos necesarios para trabajar como periodista en el país. Algo fundamental cuando se tiene en cuanta que está totalmente prohibido tomar fotografías. Mi guía, proporcionado por el Padre Mario, me esperaba en la puerta a las 7 de la mañana. Su nombre: Willy. Un joven congoleño de 21 años y estudiante de derecho. En 6 meses aprendió el inglés que ahora domina. Me recordó profundamente a mi amiga Ilhem, mi traductora en Argelia, de la misma edad y licenciada en Filología Hispánica. Jóvenes honestos, inteligentes, que saben más de la vida que muchos de los adultos de occidente. Su sabiduría resulta de gran importancia a la hora de negociar con la policía, elegir la mejor vía para realizar ciertos trámites y explicar en profundidad qué es lo que realmente está sucediendo en su país.

Willy y January / Moncho Satoló

A través de Willy conseguí un conductor, January, que nos acompañaría en todo momento y cuya edad, mediada la treintena, nos aportaría su punto de experiencia. En el interior ya del coche, un utilitario destartalado, nos dirigimos hacia la oficina de prensa en Goma, cuyo número me lo había facilitado Médicos Sin Fronteras en España. Willy llamó por mí. Quedamos en una hora. Al disponer de tiempo decidimos parar a tomar un café. Le pregunté a Willy a dónde ir y me llevó al bar-restaurante frecuentado por los ‘muzungu’ (hombres blancos, en suahili). Estaba bien: amplio, nuevo y exótico, con palmeras y máscaras. Un café, 3$. Tiempo en llevarnos el café: 45 minutos. Según me enteré luego, tanta tardanza resulta de los más común. Remedio: paciencia africana.

Le pedí a Willy, por favor, que la próxima vez me llevase a la misma clase de lugares a los que suele acudir él. “¿Cómo?”, me respondió asombrado. “¿Lo dices en serio?”. Le parecía imposible. Esto me recordó una experiencia que tuve en Buenos Aires, la vez que visité las villa miserias (barrios de chabolas). Me encontraba con una ONG que trabaja con niños llamada La Vieja del Andén. Cuando llegó la hora de comer, se sentaron en el suelo y comenzaron a repartir una especie de sopa muy espesa. Agarré un plato, me sirvieron e introduje la primera cucharada en la boca. “¿Pero va a comer con nosotros?”. A estos niños también les parecía irreal que alguien con muchos más recursos les acompañase en el almuerzo.

Goma y sus calles / Moncho Satoló
Goma y sus calles / Moncho Satoló

En cierto modo, conseguir el permiso local de periodista resultó bastante sencillo. Acudimos a la dirección proporcionada a las afueras de la ciudad, junto al gran lago Kivu. Esperamos unos 30 minutos, porque el hombre encargado de estos trámites no había llegado. Cuando lo hizo, nos dirigimos a su oficina y, tras enseñar el pasaporte y el carnet de prensa, muy amable nos señaló que debíamos dirigirnos a la nueva oficina habilitada en el centro de la ciudad, de más fácil acceso. Escribió en un papel una nota dirigida a su compañero y nos despedimos. Ya dentro del coche, a punto de salir, llegó corriendo y, no convencido de que sabríamos llegar, nos dibujó un plano en una hoja de papel.

Sin ningún problema llegamos a la dirección señalada. Se trataba de un lugar rodeado de rejas y con numerosas edificios gubernamentales de una planta mirando hacia un enorme claro central de tierra. La pintura de color verdosa, donde no la había sustituido el cemento, parecía deshojarse poco a poco. Penetramos en una de las oficinas, una oscura habitación con dos mesas, una para la secretaria y otra para el jefe de prensa. Muy amables, ambos escrutaron mis documentos. El jefe de prensa, el señor Erik Kisa Kalobera, pidió a su secretaria que nos facilitara unos formularios. Se encontraban escritos, así que, con desparpajo, llenó la hoja de tipex y le hizo una fotocopia (muchas fotocopiadoras proliferan a lo largo de la carretera, incluso en descampados, sin visibles fuentes de conexión). Rellenados los formularios y entregado uno más donde colocaron una fotografía tamaño carnet, realicé el pago correspondiente: 250 $. Habían subido 50 $ hace poco, como explicó la secretaria, debido a la gran demanda.

Mujer cargando cajas del modo habitual en el Congo / Moncho Satoló
Mujer cargando cajas del modo habitual en el Congo / Moncho Satoló

El permiso de prensa de la MONUC (la misión de la ONU en el país), aún a día de hoy martes 10 de marzo, no lo he conseguido. El motivo es tan sencillo como que la máquina en la que son impresos los carnets no funciona y deben esperar que una solución llegue de Kinshasa. Después de acudir el jueves 5, hicimos lo mismo el 6. “¡Es que en el Congo no funciona nada! ¡Llevo aquí esperando desde las 8 de la mañana (en ese momento eran las 12 del medio día) y siguen sin hacerme el maldito carnet!”. Esta mujer malhumorada, resultó tratarse de una persona encantadora: una muzungu angoleña, con nacionalidad portuguesa, afincada en Inglaterra y miembro del ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Nos pidió, a Willy y a mí, si la acompañábamos a tomar algo en la cafetería de la base. Nos invitó a comer. Allí, durante la charla, nos narró todas las atrocidades que había estado viendo durante las numerosas visitas que realizó al país a lo largo de los años. De carácter muy cercano, hablaba visiblemente afectada del LRA (Ejército de Resistencia del Señor) y sus abominables métodos de guerra: retorciendo el cuello a los niños, amputando miembros o efectuando prácticas de canibalismo con sus víctimas. También se refirió a los numerosos desplazados que, en la actualidad, se encuentran en Ruanda, recordando: “Me suelen preguntar si he visitado sus lugares de origen en la R.D. Congo y, si es así, me dicen: ‘A que es bonito’, con una enorme nostalgia”.

Para hacer algo de tiempo, acudimos a las oficinas de MSF España, donde nos habían pedido regresar después de haber preguntado el día anterior por la posibilidad de visitar alguno de sus proyectos. Imposible. “Llevamos aquí tan sólo 2 meses y no es momento de llevar a periodistas a la zona debido a que, lamentablemente, ni siquiera de nosotros se fían por ahora”, me explicó Ilaria, la italiana encargada de la misión. Por lo que parece, después de los franceses, la de los italianos es la mayor comunidad extranjera en la ciudad. Parecía que no había ningún español en el lugar, hasta que, a punto de cruzar el gran portal de entrada, apareció Elvis, un asturiano. Aunque parecía joven, se había recorrido con MSF los conflictos más dramáticos de África, como Darfur y Somalia. “¿Recuerdas esas dos cooperantes que secuestraron en Somalia, una argentina y otra francesa? Pues estaban en mi mismo equipo”, me comentó. Para añadir: “Oh, haces fotos, me encanta. Yo tenía un equipo bastante bueno pero me lo robaron todo en Sudán a punta de metralleta”.

La lonja en Goma / Moncho Satoló
La lonja en Goma / Moncho Satoló

De regreso a la MONUC, pasamos por, en palabras de Willy: “Nuestra playa en Goma”. Una pequeña cala en el lago Kivu, sucia, pedregosa y plagada de gente recogiendo agua y bañándose. Sin embargo, la principal función de la cala es hacer de lonja. Los pequeños pececillos propios del lago se apelotonaban en la orilla, mientras los francos congoleños bailaban de mano en mano. En cuanto pisé el lugar, con cámara en mano, saqué unas fotos a unos niños que me lo pedían (se emocionan al ver una cámara, algo que se ve superado al enseñarles, a continuación, su imagen en la pequeña pantalla). Un militar, al que no había visto, nos llamó; explicándonos que no se podían sacar fotos y, tras enseñarle los permisos de prensa, nos pidió que nos dirijiésemos a sus superiores, que se encontraban en un puesto al otro lado de la ‘playa’, una destartalada chabola de madera. Primer obstáculo, un hombre vestido de civil. Discusión, papeles y mi guía deslizando en su mano un fajo de francos congoleños, que no llegaría a los 2$. Llegó un tercero, Willy no lo tomó en serio y me dijo que ya podía sacar fotos. Tras un par de disparos, nos volvieron a llamar. Nos hicieron pasar dentro de la caseta. Allí un hombre vestido de civil, malhumorado, nos invitó a entrar en su despacho, un lugar separado por tablas en el interior de la ya de por sí reducida ‘oficina’. Pidió una vez más los papeles, mientras preguntaba indignado cómo no se le había solicitado permiso a él, la autoridad en el lugar. Discusiones y análisis exhaustivo del permiso de prensa. Algo que resulta muy común para dar seriedad a una negociación que sólo busca unos billetes (en la R.D. Congo no existen las monedas). Avanzada la negociación, apareció un militar. El hombre, según afirmó él, se trataba del de más rango del lugar. Hablaban en suahili, aunque una palabra conocida se repetía una vez tras otra: muzungu. Lectura en detalle una vez más del documento. Más discusión. Me encontraba tranquilo. Aquí todo funciona igual. Willy y January, mi guía, discutían con un total de cuatro personas que se habían apelotonado en el habitáculo. Y, tras un cuarto de hora, me devolvieron mis documentos. “Ya podemos irnos”, me dijo Willy. No había pagado más. Por lo que suelo ver, el dar unos billetes resulta normal, pero nadie cede más de una vez al soborno. “No te preocupes. Esto es Congo. Algunos no sabían ni leer, sólo buscaban dinero”. Las ganas de sacar fotos se habían esfumado, aún así saqué algunas para hacer valer tanta negociación. Los niños salían en oleadas del agua para que los fotografiase. Los adultos, en general, se hallaban reacios. Hice algunas fotografías generales pero, cuando preguntaba para realizar un retrato, me lo negaban. Los locales suelen oponerse a que un muzungu fotografíe sus miserias. Orgullo, me imagino.

Niña con actitud de soldado en la playa / Moncho Satoló

Niños en la 'playa' de Goma / Moncho Satoló
Niños en la ‘playa’ de Goma / Moncho Satoló

Por cierto, el jueves comimos en un restaurante con el menú a 2 $. La primera opción a la que me habían llevado no se acercaba todavía a mis expectativas, con un menú por 6$. Comimos unas deliciosas brochetas de carne con patatas fritas y ensalada.


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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fernando Cuevas dice:

    Moncho,
    Sigo tus pasos. Muy interesante lo que vas relatando.
    En nuestros “briefing” en Madrid, olvidé comentarte que tengo cientos de diapositivas de esa mi primera misión con Cruz Roja con motivo de la primera gran crisis entre Tutsis y Hutus. A tu regreso te las mostraré.
    Saludos,
    Fernando Cuevas

  2. Pablo Vázquez Bernardini dice:

    Ese monchiño!!veo que todo está saliendo fantástico!!sigue asi,menuda experiencia!!cada día me impresionas más.
    un abrazo desde los madriles.Suerte

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