De Kigali-Ruanda a Goma-R.D. Congo, 3 y 4 de marzo (Parte I)

Escribo desde Goma. Eso significa que, aparentemente, todo ha salido perfecto. Y así ha sido. Pero vayamos por partes.

A Kigali llegué, exactamente, a la 1 de la tarde del martes. Un día de viaje. Ningún problema. Cansancio, dolor de piernas y esas finas esculturas de ébano que son las azafatas etíopes. Un bien del pasado, pronto olvidado, entre las aerolíneas europeas.

En el aeropuerto, pequeño, nos recibió una amplia comitiva, medios de comunicación, cánticos y bailes locales. Nos acompañaba en el avión, por lo que parece, un importante sacerdote local. Al llegar, un cartel nos recordó que debíamos tirar las bolsas de plástico que llevásemos con nosotros. Así hice. La ley ruandesa, por motivos ecológicos, las prohíbe. Y surge sus efectos. La ciudad de Kigali, el país en general, se encuentra impecable, limpio, con recientes infraestructuras que le dan un aspecto de país en una expansión continua. El ‘País de las colinas’, como se denominan ellos mismos, recibe también, desde la perspectiva exterior, un apelativo muy certero: ‘La Suiza de África’.

En el aeropuerto me recogió Sofía, delegada de una ONG española en Ruanda. ¡Cuánta amabilidad! En un e-mail que le envié a través de un contacto en  Madrid le preguntaba si haría el favor de informarme sobre un lugar donde pasar mi primera noche de viaje en Kigali. Su respuesta: “Tengo una habitación en mi casa, si te sirve”. ¡Y vaya si me servía! Una cama de matrimonio en su acogedora casa de planta baja con jardín. Amplia, rebosaba exotismo. Y, como colofón, Évariste: su exquisito cocinero local con perfectos ademanes de mayordomo inglés. Un Anthony Hopkins ‘bronceado’, como diría Berlusconi.

Evarist, Kigali / Moncho Satoló
Évariste, Kigali / Moncho Satoló

A las 9.30 de la mañana siguiente, Sofía, tras preguntar a sus compañeros de trabajo por la mejor compañía de autobuses, me llevó, cuidadosa, hasta la puerta del autobús. Cuatro horas de viaje desde Kigali, con un hombro como almohada de la joven que ocupaba el asiento contiguo, hasta la ciudad ruandesa más próxima a Goma, Gisenyi. Un trayecto de un interminable ascender y descender colinas, curvas constantes . Sin embargo, a diferencia de lo que pueda parecer, las carreteras se encontraban en perfecto estado, exceptuando varios tramos de obras. En lo que se refiere a las colinas, éstas se hallaban repletas de zonas de cultivo, bananos y ese árbol invasor común en tantos lugares del mundo: el eucalipto.

Miraba hacia el interior de las colinas, en lo profundo de la selva, y no podía quitarme de la cabeza la imagen de los tutsis huyendo de los machetes, del genocidio. Sobre todo, una imagen que había visto en la TV en 1994: una mujer muerta entre unos arbustos y de su pecho, colgando, un bebé. Varios monumentos a lo largo del camino recuerdan a los caídos. El Gobierno actual, tutsi, se encarga concienzudamente de ello.

Al llegar a Gisenyi pregunté a una de las ocupantes del autobús, una chica asiática que cargaba un enorme trípode, si se dirigía a Goma y quería compartir un taxi. Me dijo que sí. Se trataba de una fotoperiodista coreana. Una mujer joven y con carácter, algo natural cuando te mueves en países tan machistas como Ruanda y Congo. Negoció ella por mí. Sí, no, sí. Aunque le pudiera parecer bien el precio, quería demostrar que a ella nadie la tima, que tiene el poder. Tras el corto trayecto, por 2$, cruzamos la pequeña barrera móvil a pié. Un cuño, dos, y otra vez una nueva negociación. Su fixer (guía de periodistas) la espera. Ha traído a un taxista. No se fía del precio que le piden: 10$ hasta el hotel. Al ser el único taxi que se ve, y aún teniendo que dirigirnos a lugares opuestos, volvemos a compartir el taxi. A mí me cobrará 15$ al estar mucho más lejos. Acababa de llamar al Padre Mario (con el que contacté a través de la ONG África Directo) y me había dicho que fuera hasta la misión que dirige en Goma. No había podido conseguirme un hotel barato, por lo que pasaría una noche en la casa de unos miembros de la organización y, al día siguiente, iría a buscar una habitación al hotel que había apalabrado. Y tras dejar a la periodista coreana, me encaminé hacia la misión. Nombre de la misión: Don Bosco.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fernando Cuevas dice:

    Moncho,

    me alegro que el comienzo haya sido tan bueno, y me alegro que hayas sido recibido por Cristina de Cruz Roja. Esos detalles, después de un largo viaje, se agradecen mucho.

    Saludos desde Madrid, dónde sigo tus pasos.

    Fernando Cuevas

  2. Luisa Losada Torres dice:

    Hola Moncho!
    Me alegro mucho de que que llegarás bien ya que al final no pude despedirme de ti.
    Menuda experiencia! Ten mucho cuidado y no te desanimes NUNCA.
    Seguiremos toda tu aventura, no solo para comprobar que estés bien, también para darte ánimo (y algún mimiño) cuando lo necesites.
    Un beso muy fuerte de todos los de la casa amarilla.

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